martes, febrero 09, 2010

FELIZ AÑO NUEVO

4. SEGUNDO INTENTO

Paquita apagó repentinamente su risa. Acababa de romper aguas. Ahora la risa era de Bernardo. Lo que le faltaba a Manuela, que golpeó el costado de su marido de un codazo y corrió a por unos paños y un cubo de agua. Bernardo exclamó:
-“¿Dónde vas? ¿Piensas hacer de matrona?”
-“No, idiota, voy a limpiar todo esto.”
El llanto de Úrsula se unió a la escena contagiando a su abuela, que con el cubo en una mano y los paños en otra se sentó junto a su nieta y rompió a llorar, liberando por fin toda la tensión acumulada. En ese momento el único que mantuvo la calma fue Paco, que cogió del brazo a su mujer y se la llevó al hospital. Ya en el coche le dijo a su mujer:
-“Si ese charco que has dejado en el suelo de casa solo es orina, te lo agradezco porque no soportaba más esa jaula de grillos y no sabía cómo salir sin quedar como un niñato irresponsable. ¿Y ella te llama primeriza? Ni que fuera su primer nieto.”
-“Ay, Paco, date prisa.”
Al llegar a Canillejas se volvieron a encontrar el tráfico colapsado. Paco sacó un pañuelo del bolsillo, lo sujetó a la puerta con la ventanilla y continuó por el arcén haciendo sonar el claxon con frenesí. Al llegar al control el mismo policía que les “desatendió” hacía unas horas les dio el alto:
-“¡Qué coño pasa aquí!”
No dijo nada más. Cuando les reconoció les dio acceso y la enhorabuena. Paco iba pensando que al precio que se estaba poniendo la gasolina el crío les iba a salir por un dineral con tanto viaje.
Cuando aparecieron en la puerta de urgencias vieron en el mostrador a la misma enfermera del primer intento, que al verles llegar se apresuró con una silla de ruedas hacia su encuentro. Tras sentarse Paquí en la silla, la enfermera le dijo a Paco que esperase y que enseguida le informarían. Todavía llevaba puesto el gorrito festivo.

martes, febrero 02, 2010

FELIZ AÑO NUEVO

3. PRIMER INTENTO (2)

A las siete de la mañana Merche y Antonia se introducían en el coche para ir al trabajo.
-“Buena forma de empezar el año”, rompió el hielo Merche, que no parecía haberle afectado el desgaste de la noche.
Antonia contestó con un gruñido y apoyó un trapo con hielos en su cabeza. Después dijo:
-“Sólo espero que la gente se dedique a dormir la mona y no a pintarla, porque
no estoy en condiciones de atender a nadie.”
En la radio del coche hablaban de la crisis económica que invadía el país desde Oriente Medio. Merche iba traduciendo los análisis de los expertos y se quejaba de la subida del precio de la gasolina. Hablaban del aumento que alcanzarían ese año de los precios de primera necesidad. Antonia pensó que en Alemania no irían las cosas mejor, por lo que Julián volvería pronto a su lado. Esto le levantó el ánimo y el aire frío que se colaba por la ranura de la ventanilla le despejó ligeramente.
La mañana transcurrió sin apenas sobresaltos. Tan sólo un par de accidentes de tráfico y algunos comas etílicos, por lo que apenas sufrió a pesar de la resaca. Después de comer, Merche le sugirió que buscara un sitio apartado y se echase a dormir, y Antonia así hizo. Estaba tan agotada que le costó quedarse dormida, pero finalmente lo consiguió.
A media tarde apareció por la sala de descanso del personal de urgencias donde sus compañeros celebraban, una vez más, el Año Nuevo. Pero esta vez no iba a probar ni gota de alcohol, lo tenía muy claro. Eso sí, no pudo zafarse del acoso al que le sometieron para colocarle un capirote de colores y un mata suegras a juego. Con el aspecto que tenía a esas horas y haciendo sonar el artilugio componía una estampa lamentable.
En ese momento apareció una embaraza acompañada de su joven marido. Con el mismo aspecto les recibió y sin quitarse el mata suegras de la boca dijo:
-“Nombre.”
-“Buenas tardes”, respondió la paciente sin haber entendido nada.
Antonia se quitó el mata suegras con una sonrisa y continuó:
-“Dígame su edad, señora Tardes.”
A la embarazada no pareció afectarle la sorna empleada por Antonia, y sin inmutarse contestó:
-“Francisca López Díaz. 27 años.”
-“¿Qué le trae por aquí?” Antonia aceptó el reto dialéctico, pero la paciente le llevaba ventaja.
-“Pues, vengo a tener un niño”, La sonrisa de Antonia se trasladó a la cara de Francisca, que continuó diciendo:
-“Tengo contracciones cada poco.”
Al notar que la embarazada bajaba la guardia, Antonia contraatacó:
-“Y eso cada cuánto es.”
-“No lo sé. Poco.”
Al parecer, la tensión creada entre las dos mujeres sólo la padecía el acompañante, que resoplaba presa del pánico. Entonces dijo:
-“Señorita, llevamos dos horas metidos en el coche...”
-“¿No había otro hospital más cerca?”
-“Nos ha pillado un control policial. Por lo de Carrero, ya sabe.”
La intervención del futuro padre pareció enfriar los ánimos, pero Antonia, aprovechando esta circunstancia, volvió al tono inicial:
-“Lo siento, pero aquí no la podemos tener. Yo no veo que esté usted para dar a
luz. Vuelva cuando tenga contracciones cada menos.”
-“¡Toma Ya!”, se sorprendió Francisca.
-“Ni Feliz Año ni nada”, concluyó su marido mientras tomaban la puerta de
salida.

lunes, enero 11, 2010

Feliz Año Nuevo

2. AVENTURAS SUBACUÁTICAS EN EL FONDO DE UN VASO DE TUBO

Antonia se tomó las uvas en casa de sus padres, en una cena de Noche Vieja de lo más aburrida. Lamentaba no poder disfrutarlas con Julián, su marido, con quien llevaba apenas siete meses casada, pues hubieran sido sus primeras Navidades juntos. Julián se encontraba en el sudoeste alemán, en Aachen, buscando trabajo en la factoría de automóviles donde trabajaba su hermano desde hacía un tiempo.
Después del brindis se despidió de su familia y se fue a casa de Merche, una compañera de trabajo. No soportaba la idea de pasar esa noche sola y además tenía guardia en el hospital el día de Año Nuevo. Su compañera tenía coche y también trabajaba ese día, así que irían juntas. Cuando llegó, Merche no estaba en su casa y la recibió en la puerta de enfrente junto con su vecina.
-“¡Feliz Año! Venga, ponte cómoda que Paddy celebra una fiesta.”
Antonia dudó por un momento. Si bien tenía que madrugar, no le apetecía quedarse sola, precisamente por eso se iba a quedar en casa de Merche, pero el bullicio que salía de la casa de al lado le animó a acceder a la invitación. Las risas de la gente resonaban por encima de la música, por lo que si se acostaba no iba a poder dormir.
-“Que es una copa, mujer”, intervino Paddy.
Dejó el abrigo en casa de Merche y se sumergió en el alboroto de la fiesta.
En la primera copa todavía flotaba una densa capa de responsabilidad que le hacía contar las horas que quedaban hasta el momento de irse a trabajar. Pero miraba a Merche y la encontraba completamente desinhibida disfrutando de la fiesta con sus vecinos, por lo que decidió imitarla y relajarse. En la segunda copa apareció otra capa más densa: la de la culpabilidad por estar pasando la Noche Vieja en una fiesta sin su marido. Pensó que seguramente él se sentiría igual allí en Alemania.
Habiendo consumido todas sus preocupaciones y tras el primer trago a su tercera copa, se dejó llevar hacia el fondo de ésta. Nadó entre los hielos por los que se escurría aquel delicioso licor y se sintió tan bien allí dentro que permaneció observando los movimientos de la gente a través del fondo del vaso. A partir de ese momento la música y el alboroto perdieron presencia en sus oídos y fue su risa la que pasó a un primer plano. El siguiente momento que recordaría sería el de estar abrazada a la taza del inodoro y la ducha de agua fría que vino a continuación. Después le colocaron el albornoz de Paddy y Merche se la llevó a su casa.
Ya en la cama y nada más oír la puerta cerrarse tuvo que levantarse corriendo a vomitar parte del alcohol ingerido, y cuando vio que eran solo las tres de la mañana estuvo tentada de volver a la fiesta, pero un movimiento brusco le trajo de vuelta el mareo y volvió directamente a la cama.

martes, enero 05, 2010

Feliz Año Nuevo

1. PRIMER INTENTO (I)

Manuela percibió el ruido de la cerradura como un estruendo que no adelantaba nada bueno. Tomó en brazos a la pequeña y corrió hasta la puerta, que se abría llenando de frío el pasillo. Cuando vio entrar a su hija con la misma expresión y la misma tripa que cuando se fue dijo:
-“¿Qué pasa, hija?”
-“Por lo visto no estoy para parir”, respondió Paquita, como no si fuera tan grave.
-“¡Sabrán ellos mejor que tú!”
-“¡Qué van a saber si estaban todavía de cachondeo! La enfermera que me dijo que volviera a casa. Llevaba un gorrito de fiesta y no entendí nada de lo que me dijo hasta que no se quitó el mata-suegras de la boca.”
Ahora Manuela preguntaba a Paco, su yerno, desesperada por la parsimonia de su hija, que no parecía nerviosa a pesar de los contratiempos:
-“¿Y habéis necesitado todo el día para que os digan eso?”
-“No, mujer. Hemos estado parados una hora y media en Canillejas, había un control de la policía por lo de Carrero blanco.”
-“¿Y no has hecho nada?”, Manuela no se daba por vencida.
-“¿Qué podía hacer? Le dije a uno que llevaba a mi mujer embarazada al hospital, pero se acercó al coche, miró dentro, observó el tráfico y dijo que teníamos que esperar.”
-“¡Ahora resulta que todo el mundo, menos mi hija, sabe si está a punto de dar a luz o no! ¿Qué te hubiera costado haber hecho un poco de teatro, hija? ¡Joder, que pareces primeriza!”
La pequeña Úrsula contemplaba la escena boquiabierta, en brazos de su abuela primero, en los de su padre después y en los de su madre, que la devolvió a Manuela. Desde allí, casi imperceptiblemente dijo:
-“¿Y mi hermanito?”
Nadie contestó a la niña, porque en ese momento apareció Bernardo, el padre de Paquita. Manuela transmitía su estado de nervios a todos los que aparecían por la casa.
-“¿Dónde andabas toda la tarde? ¡Que tu hija esta a punto de darte un nieto!”
Bernardo miró a su hija y le dijo:
-“¿Todavía no os lo han dado?”
Manuela fulminó con la mirada a su marido y olisqueó su ropa. En el proceso descubrió un agujero causado por una quemadura del que asomaba el bigote de una gamba. Resignada preguntó:
-“¿Por qué no apagas la mecha del encendedor antes de guardarlo en el bolsillo?”
Sin contestar y antes de que su mujer formulase la referente al bigote de la gamba, sacó del bolsillo horadado un grasiento paquete de servilletas que, efectivamente, escondía media docena de gambas. El grito que Manuela contuvo se convirtió en un terrible dolor de cabeza. Su pulso era perceptible en una vena que surcaba su frente. Solo consiguió tranquilizarse al ver que ya no tenía a su nieta en los brazos y no recordar haberla dejado en su silleta. Entonces Bernardo aprovechó para explicar lo de las gambas:
-“¡Hay que ver cómo ha subido todo! ¡Qué año nos espera! Esta es la tapa que me han puesto. ¡Ahí la iba a dejar, con lo que me han cobrado!”
-“Seguro que no era la tapa del primer vino, ¿eh?”, contestó Manuela harta las cosas de su marido.
Paquita no pudo evitar soltar una carcajada por la ocurrencia de su padre y la reacción de su madre, que volvía a bombear sangre al cerebro a través de aquella vena desafiante.

lunes, noviembre 23, 2009

Era evidente

Ordenó a su cuerpo que se sentase al borde de la cama, y lo hizo. Después, pidió a sus pies que buscaran el refugio de las pantuflas, y siguieron las instrucciones al pie de la letra.
Despertó con la sensación de no poder dominar su cuerpo, como si no lo reconociese. Y es que no lo sentía; ni sus nalgas sobre la cama, ni el calor de los pies dentro de las zapatillas, ni la caricia de sus manos. Ni siquiera se dio cuenta de que le temblaba la mandíbula. Permaneció inmóvil durante unos minutos. Al fin se levantó y vio que mantenía el equilibrio sin esfuerzo, pero no le tranquilizó. A tientas, encontró la llave de la luz, que le situó en un dormitorio bastante amplio. En un lado de la cama respiraba un bulto cubierto por una sábana. Después pulsó al mismo tiempo los interruptores del dormitorio y del vestidor, de modo que apagó la luz de uno y encendió la del otro. Como no lo consiguió exactamente al mismo tiempo, volvió a intentarlo a la inversa, quedando a oscuras el vestidor e iluminado el dormitorio. Eso provocó que el bulto de la cama diese un respingo, murmurase algo ininteligible y continuara durmiendo plácidamente. Se acercó a un espejo del vestidor y comprobó que no era él. Eso le impresionó, pero le tranquilizaba más que haber perdido el sentido del tacto. Más tranquilo, jugó con los interruptores hasta que consideró que había conseguido pulsarlos al mismo tiempo, quedando finalmente encendida la lámpara del dormitorio y apagada la del vestidor. El bulto de la cama volvió a refunfuñar por lo que apagó la luz finalmente.
Hizo recuento de sus facultades. Podía ver, de hecho nunca había soñado ni conocía a nadie que hubiera sido ciego en sueños. También podía oír; percibió el ruido de la calle, el de los interruptores, que instintivamente volvió a pulsar, y el del roce de las sábanas y el gruñido de la persona que estaba en la cama. Abrió uno de los cajones del armario y hundió la cara en el de la ropa interior; después fue levantándola y recogiendo en sus fosas nasales toda la fragancia que había allí guardada. Encontró un olor agradable, que no supo definir, pero que imaginó que sería una mezcla de detergente, suavizante y los perfumes habituales de los propietarios de las prendas con sus olores corporales. Ninguno de esos ingredientes le resultaba familiar. Tentado estuvo de pasar la lengua por la ropa para testar el último sentido que le quedaba, pero esperó a encontrar otra forma de averiguarlo.
Abrió los brazos todo lo que pudo, pero no consiguió llegar desde el interruptor del vestidor al del pasillo, así que, dejó la luz del primero encendida, encendió la del segundo, y volvió para apagar la primera. El bulto de la cama se irguió:
-¡Qué coño haces con las luces!
Como ya había apagado la luz del vestidor, no pudo ver de quién era la voz, pero sí supo que era de una mujer. Salió rápidamente hacia el pasillo, localizó la cocina, encendió su luz y apagó la del pasillo.
Preparó café y metió un par de rebanadas de pan en una tostadora. Apoyado en la mesa, se deleitó con el olor del café y del pan que poco a poco se tostaba. Tras pellizcarse hasta hacer un pequeño enrojecimiento en el antebrazo, fantaseó con que ese mismo sueño lo estuviera viviendo el hombre que había visto en el espejo, con la diferencia de que aquel sí sentiría su cuerpo aunque no lo controlaría.
Mientras se hacía el desayuno buscó dónde ducharse. Al otro lado de la cocina sólo encontró un aseo. Como había temido, el cuarto de baño estaba dentro del dormitorio. Esta vez no encendió ninguna luz, se había aprendido el camino.
Entró, cerró la puerta y encendió la luz, cuyo interruptor estaba dividido en dos: uno encendía los alógenos del techo y el otro dos lamparillas sobre el espejo. Allí se dejó llevar por su obsesión y convirtió el cuarto de baño en algo parecido a una discoteca. Buscó el gel de afeitar y lo extendió por la cara. Hundió la maquinilla de afeitar en la capa de espuma y miró a los ojos del desconocido frente al espejo sin hallar otra expresión que no fuera la suya propia, pero en la cara de otra persona. Se afeitó sin ningún cuidado, recreándose en la idea de que el sueño del hombre del espejo se hubiera convertido en una pesadilla. En la ducha le maravilló la sensación de recibir el chorro de agua y no sentirlo y pasó un buen rato jugando con la temperatura: o casi helada, o muy, muy caliente.
Salió de la ducha, del cuarto de baño, enfiló el pasillo –encendió la luz- y fue a la cocina sin secarse, sin ponerse albornoz ni toalla. La sensación de caminar sin sentir el cuerpo era como levitar.
El gusto era el sentido que le faltara por comprobar. Llenó una taza de café, sacó las dos rebanadas de pan de la tostadora, tomó la mantequilla y la mermelada de la nevera y se sentó a desayunar.
Volvió al vestidor y se puso ropa interior. Se asomó a la puerta del dormitorio y miró hacia la cama donde descansaba algo mitad mujer y mitad bulto; la sábana se le enredaba mostrando parte de una piel bien cuidada y unas curvas, que, iluminadas por la luz del pasillo, le daban un aspecto de dunas. Exploró aquella cálida superficie hasta dar con el oasis de su rostro. No se dio cuenta de que estaba muy excitado. Se desnudó y se metió despacio en la cama. Con la primera caricia, la mujer, boca abajo, rezongó. Era una lástima que no pudiera sentir nada. La liberó de las sábanas y dejó su cuerpo al descubierto. Llevaba puesto un coulotte de color rojo, que retiró con sumo cuidado. Sin pensarlo dos veces, se zambulló bajo las sábanas e hizo el amor a la mujer.
Tendido sobre la cama, abrazado a ella, fantaseó con la idea de haber cometido adulterio, una violación o incluso un trío, pero lo que más le inquietó fue no saber quién había poseído a quién. Perdido en estas dudas, fue recobrando la sensibilidad a medida que se iba quedando dormido.

El hombre del espejo despertó empapado en sudor. Ordenó a su cuerpo que se sentase al borde de la cama, y lo hizo. Después, pidió a sus pies que buscaran el refugio de las pantuflas, y siguieron las instrucciones al pie de la letra. Se palpó y notó su cuerpo. Consultó la hora: las cuatro. Desde el cuarto de baño hacia el pasillo –iluminado-, se perdían unas huellas de agua, y volvían hasta ser absorbidas por el coulotte rojo de su mujer, tirado en el suelo. Siguió las huellas. En la mesa de la cocina había parte de un desayuno. Tenía en la boca sabor a café. Encima de la mesa, como si fuera un bodegón, había una taza de café vacía y dos tostadas.
Salió de la cocina, apagó la luz, también la del pasillo, entró al cuarto de baño y se puso frente al espejo, a oscuras. Encendió la luz y se encontró a sí mismo reflejado.
- ¡Qué estupidez! —pensó ¿A quién esperaba encontrar?

martes, agosto 25, 2009

¿Duermes con un sonámbulo?

Advertencia:
1º No despiertes al sonámbulo si no quieres recibir una mala contestación o un bofetón a sotamano*. Eso sí, tampoco le dejes salir de casa en pijama, o, peor aun, en ropa interior; recondúcelo a la cama.
2º Si el sonámbulo moja la cama y asegura que la razón es su sonambuliamo, no le creas, el mojar la cama es un problema independiente.
3º Si en una reunión social alguien se las da de tener viajes astrales, asegúrate de que no sea sonámbulo y se esté tirando el rollo contigo.
4º Por favor, si una mañana decides sacar al perro temprano y encuentras en un banco del parque a una persona en pijama con una copia de un Van Gogh debajo del brazo, charlando amistosamente con otra que simula navegar en una canoa, en ropa interior, no llames su atención, es posible que sean sonámbulos.


*modalidad de golpeo de la pelota vasca en la que el pelotari extiende el brazo horizontalmente y gira su torso 180º sin despegar los pies del suelo, logrando gran velocidad de giro y potencia en el golpeo.**


**definición parcialmente inventada.

domingo, junio 21, 2009

Claire, Maurice, Maurice y Claire

Entraron los dos a la vez.
- ¿A qué planta va? –Preguntó Claire.
Maurice no contestó. La miró fugazmente, pulsó el botón número 21 y se apoyó en el espejo del fondo. Como ella le observaba, dio media vuelta.
La joven llevaba un atuendo minúsculo. Su pecho asomaba ligeramente en un amplio escote enmarcado por los brazos cruzados. Maurice la miró a través del espejo. Claire sonrió.
La gente fue llenando el ascensor. Agobiado, Maurice fijó la vista en el panel electrónico que indicaba la planta en la que se encontraba. A través del espejo la numeración era completamente desordenada. La planta 2 se convertía en planta 5 y viceversa; la 3 en E, de entreplanta. Únicamente en las plantas 1 y 8 coincidían ambos ascensores, el real y el del espejo.
El reflejo doblaba el número de ocupantes y le atrapaba entre las dos multitudes. Cada persona o grupo que entraba le hacía sentir como si estuviese encerrado en una habitación cuyas paredes iban a aplastarle. En el piso nº8, desesperado, pensó en salir y tomar las escaleras, pero ello supondría atravesar el tumulto, tanto el de un lado como el del otro, y no podía soportar la idea de hacerlo. Claire, mientras, se iba apretando más contra su espalda.
Maurice se estaba acostumbrando a la multitud gracias al espejo. A través de él las personas le parecían inofensivas, tanto como los matones de una película de televisión o las arañas dentro de un recipiente de cristal. El reflejo de Claire no le impresionaba, incluso le divertía su provocación. En el espacio simétrico lo diestro se volvía zurdo; lo serio, desenfadado; lo oscuro, claro. Maurice se veía incluso feliz.
El ascensor se fue vaciando hasta que sólo quedaron ellos dos. En un primer momento se sintió indefenso, desprotegido. Aquella mujer le imponía más que una avalancha de gente. Entonces, pidió ayuda a su yo del otro lado. Éste se mostraba inmune a la actitud sumisa de Claire, que imploraba atención:
- Déjate de juegos y bésame, por favor.
Él accionó los músculos de su cara hasta conseguir una mueca, algo que ella interpretó como una sonrisa, y dijo:
- No seas estúpida.
Ella agarró sus hombros y le agitó.
Él guiñó un ojo a Mauricio y le sonrió.
- ¡Dime que no me quieres, que no me deseas! ¡Acaba con esto de una vez! –Volvió a la carga ella.
El reflejo de Maurice se mostraba impasible a las súplicas.
Maurice y Claire estaban ahora frente al espejo mirando la escena. A Claire le hacía mucha gracia la indiferencia del reflejo de Maurice, y daba la impresión de que éste estaba encantado de seducirla. En cambio, Maurice se sentía muy avergonzado por su actitud con el reflejo de Claire al otro lado, siempre al borde del llanto, y se recriminó la falta de consideración:
- ¿Por qué eres tan imbécil?
- ¿Por qué no habría de ser como soy? ¿Por qué eres tú de esa manera, y no al revés? –Contestó su simétrico.
El reflejo de Claire dio las gracias a Maurice con una mirada, pero no dijo nada. Sí hablo Claire:
- Lo que tienes que hacer, nena, es dejar que corra el aire entre los dos. Enterarte de una vez que de que ya no le interesas. Y tápate un poco, que estás ridícula.
El panel indicaba que sus dobles habían llegado a la planta 15, lo que quería decir que Mauricio y Claire ya estaban en su destino, en la 21. Uno enfrente del otro, Claire y el reflejo de Maurice se atusaron la melena y el pelo respectivamente, dieron un amplio repaso a su aspecto, sonrieron y salieron del ascensor. Maurice y el reflejo de Claire apuraron hasta el cierre de puertas. Se miraron a los ojos y juntaron las manos separados por el espejo. Después sonrieron y salió cada uno por la puerta de su ascensor, a punto de cerrarse.

viernes, mayo 22, 2009

La niña de las botas katiuskas

El pomo de la puerta chirrió al girar. La silueta de mi madre tapó la poca luz que filtraba el cristal de la puerta del salón, frente a mi habitación. Entró muy despacio, con pasos largos y silenciosos entre las dos camas, sujetó la correa de la persiana lo más arriba que pudo y tiró hacia abajo con toda su fuerza de madre, convirtiéndola en una guillotina al revés. La explosión de luz nos llevó del sueño a la pesadilla de forma traumática. Mi madre aprovechó que la onda expansiva nos elevó un metro por encima de las sábanas para hacer las dos camas. A mí me habían despertado los golpecitos de una cortina de lluvia contra mi ventana, pero el susto me lo llevé de igual forma. Me gustaban los días desapacibles, aquellas gotas rebotando en el alféizar anunciaban que una compañera del colegio iría a clase con botas de agua, o katiuskas, como las llamábamos, y, ¡me encantaba! Me preguntaba si alguna chica, incluso la que a mí me gustaba, se sentiría atraída por mí, o por mis botas de agua, pero, o yo no era tan irresistible como para transmitir glamour a mi calzado, o nadie era tan observador como yo.
-¡Arriba, zánganos, que llegáis tarde! –gritó mi madre. Mi hermano, aunque parecía que le había afectado más el despertar, me adelantó para entrar al baño. Antes de poder reaccionar y elegir otra opción, mi madre me tiró del brazo hacia la cocina:
-¡Tú, a desayunar, luego te lavas!
Metí media galleta en la leche y desapareció. La leche se comportaba como el ácido. Mi madre la compraba de la marca Frixia, que era concentrada, y la mezclaba a partes iguales con agua, la hervía y nos la daba para consumirla en ese mismo instante, pues no podíamos llegar tarde, así que, echábamos agua fría en el fregadero y metíamos la taza, lo que sería un baño María invertido. Pero la temperatura de la leche acababa calentando el agua del fregadero. Salí de casa con el paladar inservible para el resto de la mañana.
Había dejado de llover. El muro que anunciaba el nombre de mi barrio chorreaba pequeños ríos de óxido que nacían en los hierros que formaban las palabras “Los Álamos”. Siempre que pasaba al lado recordaba que lo había pintado mi padre. Al salir a la calle Rioja ya iban apareciendo más estudiantes, en la siguiente calle otros pocos, y así sucesivamente hasta llenar el colegio de criaturas. Yo me entretuve zigzagueando de charco en charco, vaciándolos de un pisotón. Echaba de menos las mañanas de invierno, cuando las heladas congelaban los charcos; paraba en cada uno y los rompía en mil pedazos.
A punto de entrar en la primavera, eran más frecuentes los días con nubes de paso. Esa mañana corrían a cualquier otra parte del mundo para informar a otros niños de que las chicas que les gustaban irían a clase con botas katiuskas. Pero, ¿eran las nubes las que se movían, o éramos nosotros? Miré hacia ellas justo un dedo por encima del horizonte e invertí mi percepción del movimiento. Era la Tierra la que se movía, como si viviéramos en un barco gigante.
En la cuesta del colegio, apurando los últimos charcos, busqué las botas de mi compañera, pero no la encontré ni en la fila del patio ni después en el aula. Me hubiera contentado con poder sentarme en su pupitre, vacío aquella mañana. Miré por la ventana para pedirle al cielo una explicación. El Sol, que se movía en nuestra misma dirección, asomó un segundo entre dos nubes. Detrás escuché la puerta del aula cerrarse y unos pasos mojados corretear. Me quedé mirando hacia afuera para que nadie me viese sonreír.

jueves, mayo 14, 2009

Las musas

El dichoso plazo de entrega despeinaba con su aliento los bucles con los que mi melena decoraba la parte trasera de mis orejas. Cada mañana leía y releía frases como esta y las corregía o desechaba. Así que tomé mi carpeta de notas y salí a la calle, ese lugar donde la gente se agita sin orden, donde muchos comparten muy poco espacio, y donde sobrevive el más fuerte o el más chiflado. Conocía bien los mecanismos para utilizar el medio, pero no salí de mi casa con intención de abrazar el civismo, sino de atentar contra él, si fuera preciso, para recibir la chispa que pusiese en marcha mi imaginación.
Busqué la acera más concurrida y me dispuse a caminar con especial lentitud y en dirección contraria a la de más flujo. Un par de empellones me hicieron girar sobre mí mismo expulsándome de la riada como una peonza. Perdí el portafolio, que en mi rotación –como un Discóbolo- surgió por encima de la multitud y volvió a zambullirse dejando en el aire un chisporroteo de folios en blanco. En menos de un segundo perdí la noción del espacio, la carpeta y un zapato. A cambio no recibí ninguna idea, pero pude recuperar una hoja de papel llena de marcas de pisadas.
Caminé por el margen de la calzada, donde me sentía más seguro. Mi pie descalzo echaba humo y, antes de empezar a dejar una huella de color rojo en el suelo, subí al primer autobús que apareció. Una anciana, al ver mi aspecto, me cedió su asiento. Me fijé de que en cada parada subía el mismo número de personas que bajaba, por lo que no varió la ocupación del autobús. Fantaseé con que esa cápsula con ruedas, una vez completado el aforo, nos llevaría en un viaje sin fin por todo el mundo, y que allí dentro estarían, y de hecho estaban, los tipos de persona necesarios para crear una convivencia insoportable, el tipo de gente común que se distribuye por igual en una familia, en el trabajo, en la universidad, y que cada uno que bajaba era sustituido por su semejante, en cuanto a conducta o personalidad. Me aterró pensar que, por muy clara que tuviera esta idea, yo formaba parte de eso, así que, solicité bajar en la siguiente parada. La anciana recuperó su asiento y antes de bajarme, había una persona esperando para subir. Fascinante.
Bajé junto a un parque de atracciones y cojeé hasta allí dispuesto a experimentar nuevas sensaciones. Había mucha gente esperando para subir a la noria, y yo sentía un latido en el cerebro que, en ocasiones anteriores se había convertido en una idea genial. Es decir, tenía prisa, y dudaba que embutido en esa masa humana fuera a surgir nada brillante, así que corrí a una atracción cercana, la montaña rusa. El extraño hecho de que la noria estuviera más solicitada que la montaña rusa me entusiasmo y aceleró la sensación de que algo grande iba a salir de mi cabeza. Una vez ajustado al asiento y mecido por el suave arranque del carrusel, tomé un folio, preparé el bolígrafo y cerré los ojos a la espera de la explosión de luz de la inspiración. No apareció ni siquiera un destello, pero sí una fuerte agitación, como si mi cerebro fuese libre de sufrir el violento veredicto que la gravedad imponía al resto de mis órganos. De no haber sido por mi ceguera voluntaria, hubiera previsto que a esa tranquila subida le seguía una bajada de infarto que del susto me hizo agarrar la barra de sujeción y, por lo tanto, soltar los aperos de escritura y arruinar mi momento creativo, si acaso hubiera aparecido.
Me di cuenta de que abandonar mis hábitos de trabajo no sólo me desconcertaba, sino que además me ponía física y psicológicamente en peligro. Semidescalzo y abatido descarté volver a casa en autobús y pensé en el metro. Encontraba similitudes entre ambos medios de transporte, pero me daba la sensación de que en el metro la gente se comportaba de una manera diferente que en la superficie. No tenía nada que no hubiera perdido ya, y quizá un paseo por el lado subterráneo me podría reportar algo interesante para el desarrollo de mi trabajo.
Llegué al andén y descarté el tren que estaba parado en la estación. El pitido del cierre de puertas no dio tregua y, aunque alertó con tiempo a los rezagados, uno de ellos entró, pero no del todo: aceleró mientras las puertas se cerraban y consiguió entrar, quedando uno de sus pies atrapado fuera del vagón. El joven intentó introducirlo cuando el tren se puso en marcha y lo consiguió pocos metros antes de entrar en el túnel, con la mala suerte de perder su zapato en la maniobra. El lado subterráneo me acababa de regalar un zapato. Subí al siguiente tren y cuando empezaba a pensar en volver a casa se anunció por megafonía:
- Próxima estación, Las Musas.

domingo, febrero 08, 2009

Polita77

Salí de la cama con cuidado de no despertarla. Rescaté mi ropa y fui al salón a vestirme, recogí un poco el desorden y antes de irme eché un vistazo a su precioso cuerpo desnudo atrapado por el resultado de lo que parecía una batalla campal. Lamenté no recordar su nombre, por lo que ni me molesté en dejar anotado mi número de teléfono. Estaba demasiado cansado para no considerar a aquella monada como una conquista más.
Las gafas de sol nada pudieron hacer para que el fogonazo de la luz del mediodía encendiese un ligero dolor de cabeza, pero el simple hecho de pensar en volver a casa lo acentuaba, así que me metí en un bar cercano y pedí un Jack Daniel’s y unos churros. El desayuno me restauró el ánimo y me metí en un cibercafé a contactar con un ente virtual llamado Polita77 a quien llevaba rondando unas dos semanas, no sin reservas, pues en alguna ocasión me lancé de lleno a la conquista y luego, en la cita clave descubría a un divorciado de brazos peludos y mirada torva o a un tipo exactamente de mi misma calaña, así que no estaba dispuesto a llevarme más quebraderos de cabeza. Eso sí, gracias a aquellas enseñanzas descubrí que el mejor sitio con diferencia para lanzar mis redes de seducción eran los cibercafés; si me aburría en el chat, que ocurría con bastante frecuencia, miraba alrededor, elegía un ordenador próximo al de una chica y fingía no entender su manejo (el del ordenador) pidiendo su ayuda (la de la chica). Una de las excepciones en que me divertí en el chat contacté con Polita77 y quedé cautivado. Era una persona brillante, con gran sentido del humor. El pensar que pudiera ser cualquiera que no fuera una chica me producía una desazón desconocida para mi, pero no podía reprimir la agitación que sacudía mi pecho el encontrar su nombre en un foro o en un chat.
Antes me acerqué a la máquina de bebidas, saqué una cerveza y de paso oteé por la sala por si había algo interesante que abordar antes de hundirme en el mundo del absurdo con Polita77, aunque ya estaba inmerso en él porque di una vuelta bastante sospechosa por el café. Estoy perdiendo discreción o mi edad se va distanciando cada vez más de la media de mis potenciales conquistas, quién sabe. Me conecté y allí estaban: Polita77 y mi corazón entusiasmado dándome codazos y dictándome las frases más descaradamente románticas que conocía. Pero no estaba dispuesto a arruinar una posible cita aventurándome por terrenos desconocidos. Me temblaban los dedos y no sabía cómo empezar. Tampoco me servían los recursos conocidos y empleados hasta la saciedad; con ella era distinto. Fue ella quien empezó, y, si no era suficiente con mi falta de recursos, tomó la iniciativa y propuso utilizar la webcam. Estaba dispuesta a romper la magia de estas dos semanas. No me dio tiempo a contestar que mejor no, que yo no tenía webcam, cuando mostró en un mensaje el icono que debía aceptar para empezar a verla en pantalla, para descubrir quién era realmente Polita77. Dudé unos segundos, que seguramente se le hicieron eternos, y calibré el riesgo de aceptar: si no me gustaba podía desconectarme, buscar un sitio para comer y largarme a casa, pero, ¿y si la echaba de menos? Era una persona adorable; si resultaba ser un hombre no sabría cómo afrontarlo, porque si seguía relacionándome con él podría adentrarme en una crisis de carácter sexual que no estaba seguro de poder afrontar, y si desconectaba... Bueno, si desconectaba no dejaría de ser una anécdota que, superada, podría resultar divertida. Al final acepté, más por morbo que por otra cosa y apareció en pantalla una chica más o menos de mi edad. Era guapa. Cuanto más la miraba más guapa me parecía. En ese momento me di cuenta de que no presto mucha atención a la cara de las mujeres, y como Polita77 solo ofrecía su rostro (el hecho de ser finalmente una chica me llenó de júbilo) me recreé en él y me pareció precioso: no dejaba de sonreír y a pesar de ello mostraba unos ojos enormes y negros, creo, pues la imagen no era muy buena, y una boca enmarcada por unos labios carnosos. Dejó de sonreír, confusa por mi demora en contestar, y al contraerse sus labios casi sufro un colapso. Definitivamente era preciosa; lo que me hacía experimentar algo desconocido en mi pecho era que fuese una persona tan interesante, tan graciosa, con esa imaginación y tan creativa.
Algo en la pantalla donde aparecía Polita77 me resultaba familiar, y era la máquina de bebidas que tenía detrás, lo que me animó a ir a por otra cerveza. Volviendo a mi asiento, miré hacia la máquina y al sentarme y observar la imagen en el monitor me di cuenta de que era la misma, de que Polita77 estaba sentada justo enfrente de mí. Nos habíamos encontrado casualmente en aquella cafetería. Parecía nerviosa, y caí en la cuenta de que todavía no había empezado a escribir. Desde ese momento me recreé en la alternancia del sonido de los dos teclados: al segundo de dejar de sonar el suyo aparecía su texto, y viceversa. Parecía una conversación paralela a la nuestra. Era muy divertido. Me dijo que no era justo que yo pudiera conocer su cara y ella la mía no y estuve tentado de conectar la webcam para mostrarme pero, ¿qué prisa tenía? Me contuve y seguí disfrutando del momento. Le dije que no tenía webcam, pero que me haría con una. A esas alturas mi corazón había dejado los codazos y amenazaba con pararse si no lanzaba una ofensiva romántica, pero estaba demasiado excitado para romper la magia. Ella se había arriesgado, pero yo me iba a arriesgar más, a mí manera. No me importaba seguir yendo a aquella cafetería y continuar con el juego un tiempo. Quién sabe, quizá me acerque un día y le diga que no sé manejar el ordenador.

lunes, enero 26, 2009

Catorce lechugas y un delantal

Sonó el timbre mientras estaba en la ducha; abrí la puerta cubierto con una toalla, la de las manos, porque eché la grande a lavar el día anterior y olvidé reponerla. En el vano de la puerta encontré a la presidenta de la comunidad cubierta con una bata. Nunca me había atraído, pero aquella mañana me pudo la erótica del poder. Fui a por el dinero de la comunidad y escuché la puerta cerrarse a mis espaldas. En el pasillo encontré a la vecina completamente desnuda blandiendo el adorno fálico del taquillón. Debió observar mi trasero descubierto y mojado y no pudo resistirse. Nunca he pensado que mi físico inspire el deseo de las mujeres, pero, en fin, aquella mañana empezó con desenfreno. La cuota de la comunidad no me la perdonó, las cosas como son.
Tras este episodio bajé al estanco a comprar el periódico. Con la excusa de que alguien puso a una altura imposible unos fascículos que había reservado días atrás, la hija del tendero reclamó mi ayuda en la trastienda y, apenas hube levantado los brazos para alcanzar el artículo, se abrazó a mi torso y me mostró sus credenciales amatorias.
No podía creer que hubiese empezado el día de aquella manera, teniendo sexo con dos mujeres con las que trato habitualmente y que nunca antes habían mostrado ningún tipo de interés por mí. Al salir de la tienda el autobús de línea hacía su parada enfrente y me pareció ver a dos jóvenes apareándose a la altura de la puerta de salida. Intenté no dar importancia a este hecho y continué con una sonrisa de satisfacción en los labios y el ego iluminándome el rostro.
Después fui al mercadillo del barrio y el primer tendero me ofreció unas naranjas; como prueba de su calidad estrujó media y salió gran cantidad de zumo. Hubiera comprado un kilo si la del tenderete siguiente, con un escote de infarto, no hubiera llamado mi atención amenazándome con un calabacín: catorce lechugas y un delantal hicieron las veces del camastro donde yacimos en apasionado vínculo. No me lo podía creer, no sólo estaba teniendo un éxito sin precedentes, sino que la falta de decoro, discreción y vergüenza no me hicieron titubear en ninguno de los casos. El frescor de las hortalizas estimuló mis genitales disimulando el ligero dolor de cabeza que comenzaba a aparecer tenue a media mañana. Entonces recordé que a las doce tenía que ir al médico, lo que a su vez me despertó el dolor en la rodilla derecha que me hizo pedir cita. Así que, sin haber hecho la compra, fui hacia el ambulatorio. De camino, una repartidora de periódicos gratuitos me ofreció uno que fue a buscar dentro de la furgoneta donde estaban almacenados. Esta resultó ser un portento erótico y la línea que separa el sexo consentido de la violación quedó tan desdibujada como la tinta de los periódicos donde nos apoyamos. Lo hicimos tres veces temiendo por mi vida, al estar en contacto tanto tiempo y con tal intensidad el fuego de los cuerpos y el papel de los periódicos. Conseguí alejarme por fin y vi cómo un incauto accedía a los ruegos de la diablesa de la prensa gratuita. Lo que al principio me pareció gracioso y digno de orgullo ahora empezaba a preocuparme. Aquello no era normal. Y no había hecho nada más que empezar.
Entré en la consulta y no había nadie. Menos mal, porque llegué media hora tarde. Me acerqué al mostrador de admisión y descubrí al recepcionista recibiendo las caricias de la presidenta de mi comunidad, que me miró con lascivia. Empecé a pensar que no fue la erótica del poder la que me llevó a yacer con la ella hacía unas horas y que su atractivo era innato. Por fin me llamó la enfermera, que, aun sin abrochar su bata, me cogió del brazo y me llevó hacia el cuarto de mantenimiento. Me resigné a no volver a alcanzar un orgasmo en lo que quedaba del día y ella, complacida por mi compromiso, no me dejó en paz hasta conseguir tres. Ya en la consulta descubrí con pavor que el médico era una mujer y no pude reprimir las lágrimas convencido de que acabaría apresado entre la camilla de la consulta y la doctora. Pero esta vez lo que conseguí fue inspirar su instinto maternal librándome del sexo, aunque, eso sí, sobre una de mis fantasías más recurrentes: Jugar a los médicos. La doctora, meciéndote, citó una resonancia magnética para mi rodilla y además me remitió a un dermatólogo, porque no le gustaron nada esas manchas de mi espalda. Preferí no contar que las manchas eran de la tinta corrida de la portada de los periódicos de antes. Incluso, pasó por alto el calco de una imagen de Garbajosa de la página de deportes a la altura del omóplato derecho. Supongo que pensó que era un ridículo tatuaje. La escena que siguió fue la doctora sentada en su silla y yo en sus faldas amorrado a cada uno de sus pechos indistintamente. Al final sucumbí y lo hicimos. Después un celador apareció en la consulta con una silla de ruedas para llevarme a casa. No quise participar en la fiesta que montaron celador y médico pero me obligaron a presenciarlo, por lo que terminé vomitando. Con la excusa de la silla de ruedas me libré de unas cuantas oportunidades de tener sexo con otras cuantas personas durante los doscientos metros que separaban el ambulatorio de mi casa, pero el celador no hizo ascos a nadie y satisfizo a tres amas de casa y al cartero, que se cruzaron en su camino. Éste último no dejó de mirarme mientras sometía al celador, incluso se mostró muy atento por mi lesión. Todavía me quedaron fuerzas para zafarme del acoso del celador una vez que llegué a casa.
No me podía creer que esto estuviera ocurriendo de verdad. ¡La gente se había vuelto loca! Y algo que me preocupaba era que quedaba toda una tarde, yo estaba exhausto y el resto de la gente no parecía acusar el cansancio. Era como si todo el mundo estuviera fuera de sí menos yo, que muchas veces había fantaseado con esta idea.
Ya a salvo en el hogar, me di cuenta de que no había sacado al perro todavía y se moría de ganas de orinar. No sé cómo conseguí ponerle la correa con el temblor que agitaba mis manos pero, sin casi reparar en el trayecto, ya enfilaba el parque donde suele hacer sus necesidades. Afortunadamente todos los humanos que se encontraban allí estaban ocupados en una orgía descomunal. En ese momento me di cuenta de que mi perro no hace distinción de género porque montó a un caniche macho. A su dueño al parecer le ocurría lo mismo y se insinuó e incluso llegó a apoyar sus manos en mis hombros, pero me negué muy seriamente, lo que dejó al joven mirando contrariado ora a mi persona, ora a la orgía que ocurría a nuestro alrededor, así que, cogí a mi perro y me largué a casa.
Y cuando creía que me podría encerrar a salvo del golpe de lujuria que azotaba la ciudad, en el portal, al agacharte a quitar el arnés al perro, me dio un tirón en la espalda y me quedé allí mismo tirado sin poder moverte. Las horas siguientes no tuvieron desperdicio: el cartero cuya mirada y deferencia me inquietó volviendo del ambulatorio, después de descargar la correspondencia en los buzones, se dio un respiro con mi trasero indefenso. ¡Cómo lloraba! De rabia, que no de dolor, después de todo no estuvo tan mal como temía. El cartero resultó ser un tío sumamente delicado y encantador.
La chica del reparto de propaganda, después de ver que ningún vecino abría el portal y que, en mi convalecencia, le di acceso, decidió recompensarme de la última forma que quería. Afortunadamente me dejó en paz porque la postura no invitaba al acto sexual convencional y no estaba mi espalda para mucho escorzo; al rato vi acercarse a la presidenta de la comunidad y, sin quitarme su imagen con el administrativo del ambulatorio de la cabeza, recapacité y caí en la cuenta de que la postura en la que me había quedado no me libraba de todo. Antes de que se cerrase el portal la presidenta ya tenía puesto el arnés y estaba demostrando muchísima menos delicadeza que el cartero. A pesar del dolor y lo desagradable del momento no dejé de acordarme de él, quizá por esa misma razón. Aquel día supondría un antes y un después en mi vida. Entretanto el perro no dejó de lamerte la cara desde la lesión.
A pesar del dolor me dormí y desperté con el sonido del claxon del camión del butano. Como a cámara lenta vi acercarse hacia el portal a un rudo repartidor con su mono naranja ceñido y una bombona sobre el hombro. Cerré el portal con llave sabiendo a ciencia cierta que el butanero era capaz de atravesarla sin perder velocidad en su trayectoria, por lo que rompí a llorar desesperada, inevitable y, por qué no decirlo, intencionadamente, por si lo del instinto paternal también funcionaba con aquel rudo profesional. Con la esperanza dibujada en mi rostro apareció en mitad de su camino la rubia del bar, mujer madura y despampanante, con su bombona vacía. Las intercambiaron y se subieron a la cabina del camión. No pude ver nada por culpa del reflejo del cristal de la ventana, pero el sonido de los amortiguadores del vehículo se impuso al del tráfico dejando claro que las bombonas no fueron lo único que intercambiaron. Era la oportunidad de oro de acostarme con la del bar, así que, me coloqué boca arriba mostrando la altivez y el vigor de mi miembro, intentando así llamar su atención. Era tal mi deseo, que no había reparado en que posiblemente también llamaría la atención del butanero, cuyo lomo peludo veía a continuación balanceándose rítmicamente dentro del camión. Terminaron y efectivamente llamé la atención de ambos, que se miraron sonrientes y sin llegar a vestirse fueron a por mí. ¡Dios mío, cómo hubiera podido conseguir que entrase al portal sólo ella! Pero les vi tan compenetrados... Al final, en una explosión de rabia enderecé mi cuerpo y me resigné a no probar las mieles de la camarera, porque ello hubiera supuesto entrar en contacto carnal con el macho naranja.
En aquel momento del día no podía con mi cuerpo y me desmayé frente a la puerta de casa.
Al despertar, entre pesadillas relacionadas con lo acontecido ese día, el primer rostro que encontré frente a mí fue el del cartero, sosteniendo entre sus manos una humeante taza de café. ¿Se estaría relajando después de haber abusado de mí? Pero me aseguró que no. Además, el café era para mí. Me había encontrado allí tendido, temblando, indefenso y, no pudiendo darme mi merecido sexual, prefirió esperar a que despertase y velar mi sueño para cuidarme después.

Aquel día no volvió a repetirse, pero sí los encuentros cada vez más frecuentes con el cartero, que me entregaba la correspondencia en mano y que no reparaba, o no parecía importarle, que las cartas que recibía las enviaba yo mismo.

viernes, enero 23, 2009

Anti liebre

El ambiente del estadio es impresionante. No hay un momento de silencio porque se están dando varias competiciones al mismo tiempo. Me recreo en la belleza de la saltadora sueca. Su salto ha sido nulo y creo que ha quedado descalificada. Lástima, aunque eso no resta hermosura a su rostro. Un corredor tropieza conmigo y ni siquiera me mira. Hay que ponerse sobre la línea, pues va a empezar la carrera y ni me he dado cuenta. Tampoco puedo evitar distraerme con la mirada perdida, contenida, concentrada del atleta con quien he tropezado. No puedo creer que alguien sea capaz de concentrarse de esa manera. Acaba de saludar a la parte del público que va a seguir los acontecimientos de la carrera en la que compito. Sabía que era una pose, a la espera del momento de saludar tras decir por megafonía su nombre. Perdido en estos pensamientos, despierto ante el anuncio del mío, que me trae a la realidad a velocidad de vértigo, sin que la cámara que pasa delante de nosotros recoja mi asustado saludo. Genial, he quedado como un imbécil delante de todo el país. Precisamente es mi compatriota quien me empuja hacia la línea de salida. Va a comenzar la carrera. Me incomoda la sensación pegajosa del dorsal en mi muslo.
El estruendo del pistoletazo de salida me empuja a competir. A mi derecha mi compañero toma la iniciativa y progresa hasta situarse en cabeza junto con los africanos, a los que creía tan perdidos como yo; supongo que ellos sí se concentran. Me mantengo en mitad de la estela que dejan el keniata, el marroquí, gran favorito, mi compañero y un ruso. Mi posición me da cierta tranquilidad y me permite disfrutar del ambiente del estadio, que vibra en la entrega de medallas de salto de altura, donde una representante del país organizador se encarama a lo más alto del podio a recibir la medalla de oro. Absorto por ello y emocionado, subo el ritmo de mi trote y tropiezo con el representante ruso, que me recrimina algo en su idioma. Le pido disculpas en el mío. A punto de caer, el traspié me permite escalar una posición casi sin querer, situándome junto a mi compatriota, que responde a mi “ataque” aumentando el ritmo y poniéndose momentáneamente en cabeza, pero el keniata neutraliza rápidamente su progresión. Este cúmulo de reacciones divide la carrera quedando en cabeza los africanos provisionalmente, el ruso, cuya rabia le ha llevado a luchar en cabeza contra pronóstico, mi compatriota y yo. Me parece increíble que una absurda distracción me lleve a luchar por subirme al cajón. Dos jóvenes ondean con ánimo una bandera de mi país a nuestro paso y me pregunto si serán familiares o amigos de mi compañero. Rápidamente descarto esa posibilidad, pues llevan la equipación oficial de paseo de la selección, supongo que serán miembros de ella, aunque no recuerdo haberles visto en la Villa Olímpica ni en mi vida. La campana que anuncia los últimos cuatrocientos metros me devuelve a la carrera, que lidera ahora mi compatriota, gracias al aliento de la hinchada, supongo. En este momento se estira el grupo en la cabeza y empiezan a haber los primeros ataques: mi compañero se sitúa en primer lugar y aumenta su ventaja sobre los africanos. El keniata, que no parece acusar el esfuerzo del cambio de ritmo, evita en tres zancadas que aquel se aleje. Después está el marroquí, unido al otro africano como si de unos siameses se tratase. En cuarta posición, y sin creérmelo demasiado, voy yo como privilegiado espectador, y detrás de mí el ruso encolerizado. A unos cien metros y perdiendo distancia nos sigue el resto de atletas. Me pregunto qué se les pasará por la cabeza mientras corren. La recta final sirve para devolver a mi compañero a la tercera plaza, donde se situó al principio, y para que el gran favorito, el veterano marroquí, supere sin miramientos al corredor de Kenia. Yo, ensimismado con el desenlace de la carrera, olvidé por completo al corredor ruso, que alcanzó la cuarta plaza justo en la línea de meta. Me apresuro a felicitarle y descifro en su idioma gestual que no entiende la carrera que hemos hecho. Es posible que mi baja forma mental haya influido en su desarrollo, pero sobre todo en el mío. Todavía no entiendo cómo he llegado a la final, no recuerdo haber hecho nada especial para lograr este quinto puesto. De todas formas me alivia pensar que mi comportamiento en la carrera no ha trastocado las aspiraciones de los tres favoritos.
El marroquí celebra el que seguramente sea su último oro con una bandera de su país a modo de capa; el keniata se abraza a unas jubilosas hinchas a pie de pista, que a su vez le dan una bandera de su país, que muestra al público en una suave carrera. Mi compañero charla con un reportero de televisión que le anima por haber conseguido un bronce que debería saber a oro, teniendo en cuenta que los africanos son imbatibles en el medio fondo.
El comentarista de la televisión de mi país me reclama en la zona mixta, y me acerco sin saber aún cómo analizar una carrera por la que debería sentirme orgulloso.

domingo, enero 18, 2009

A los que sueñan

Susana accionó la pieza metálica que abría las puertas y le encontró de espaldas. Se sentó enfrente y le dijo:
“Vaya, estás despierto.”
Iván se sorprendió:
“¿Esperabas que estuviera dormido?”
“No, soñando.”
“La verdad es que todo esto parece un sueño. ¿Te has cruzado por la calle con alguien esta mañana?”
“La verdad es que no. Ni en el Metro. ¿Has soñado alguna vez que estás soñando?”
“Pues, no.”
“Yo tampoco, pero he confundido alguna vez la realidad con un sueño, como ahora mismo.”
“¿Quieres que te pellizque?”
“Todavía no. Vamos a hacer una cosa, si sube alguien en la próxima estación es que estamos viviendo algo real; si no, se trata de un sueño.”
El tren apareció en la estación y vieron únicamente a dos viajeros parados en el andén, que subieron en otro vagón. Susana dijo:
“Vaya, pues es un sueño”
“¿Qué te hace pensarlo? Están justo detrás, existen.”
“Pero no en nuestro espacio. Es posible que ellos estén viviendo su propio sueño o que allí al lado se encuentre la realidad.”
“Entonces, en la siguiente nos cambiamos a ese otro vagón.”
A ella le gustó que le contradijera, significaba que estaba siguiéndole el juego. En la siguiente parada corrieron al coche posterior y se sentaron enfrente de aquellos dos pasajeros. Al ver que estaban dormidos Susana se puso a dibujarles. Iván vio que uno de ellos sostenía sobre sus rodillas un cuaderno con un retrato. Se acercó y era justo el que él mismo había hecho un par de días atrás. Después buscó a Susana y no la encontró, solo estaban los dos viajeros desconocidos y él. Después se fijó en el otro viajero y era Susana, pero estaba muerta. Asustado, se puso frente al que sostenía el cuaderno y descubrió que era él mismo y que estaba soñando.
A media mañana, Iván y Susana despertaron en la estación donde habitualmente toman el tren para ir a trabajar, cada uno en la suya. Él dejó pasar varios trenes hasta que la encontró en uno de ellos.

A los que duermen

En el metro hay varios tipos de personas: los que leen, los que duermen, los que escriben o dibujan y los que se fijan en todos ellos. Yo pertenezco a este último grupo, y en mi observación nunca había encontrado a nadie digno de interés, hasta que descubrí en mi vagón a la más hermosa representante de los que dibujan. Cada mañana procuraba acercarme a ella un poco más, hasta que un día conseguí ver uno de sus grabados: era el retrato de alguien que dormía plácidamente en un asiento. Poco tiempo después me di cuenta de que solamente dibujaba a los que duermen. Se pusiese donde se pusiese los encontraba en su campo visual.
Una mañana de gran afluencia de viajeros no pude localizarla y a punto de bajar en mi estación la encontré. Estaba dormida. En ese momento quedó un asiento libre frente a ella y me senté a observarla, a deleitarme por primera vez. Saqué mi cuaderno e intenté hacerle un retrato. Daba la impresión de que no dormía, porque a veces, cuando la miraba buscando un detalle, parecía esconder una sonrisa. No estoy muy dotado para el dibujo y quedó claro cuando lo terminé. Si en el mundo real ella dormía, en el retrato llevaba semanas muerta. Cuando terminé y cambié de andén busqué su rostro y me dedicó una sonrisa que se perdió por el túnel.
Esa noche no pegué ojo. La pasé entera mirando el rostro de la chica sobre el papel. Realmente era un desastre, pero me hacía recordar a la persona que había cambiado el color de mi vida y me iluminaba de tal manera que me hacía irreconocible. Fue como si hubiese pasado la noche con ella, porque cuando desperté sobre el escritorio tenía el retrato pegado en la frente. Nada más hallar un sitio libre en el vagón me quedé profundamente dormido. Apenas la busqué con la mirada, pero pudo más el cansancio.
Desperté casi al final del trayecto. Cuando me removí en el asiento un papel doblado resbaló por mi pecho y cayó al suelo. Lo desplegué y era yo mismo. Estaba tan conseguido que podría decir que me había dibujado soñando en vez de durmiendo. Al pie del dibujo había una nota que decía: “Por fin te pillé dormido. Me gustaría ver el retrato que me hiciste.”

sábado, diciembre 27, 2008

Bruce y Tiffany

La joven suspiró y miró de reojo al austero, ajado y viejo cepillo de dientes con quien le había tocado convivir. No imaginaba que hubiera humanos que descuidaran tanto su higiene dental, o simplemente que fueran tan desordenados como para abandonar su cepillo en el vaso habitual en vez de tirarlo a la basura o utilizarlo para limpiar zapatos. Pero restó importancia al aspecto de su compañero y pensó en el momento de dar el primer cepillado a su dueña, la preciosa joven de dientes perfectos que la eligió en aquella farmacia.
Al viejo cepillo no pareció afectarle la desconfianza de su nueva compañera, y dio un repaso visual a su exclusiva anatomía, cuya estridencia no terminó de entender. Preguntó:
- ¿Para qué sirve esa disposición de las cerdas?
- Para llegar a lugares inaccesibles. Contestó altiva.
- ¿Y la superficie de goma?
- Para no escurrirnos entre los dedos de los humanos.
- ¿Y esos colores tan llamativos?
- Estética. Nada más.
El austero cepillo celebró lo bien aprendida que tenía la lección con una carcajada que interrumpió al entrar en el cuarto de baño Víctor y Silvia, sus dueños. La llamativa cepillo se agitó en el vaso al pensar que Silvia se iba a cepillar los dientes, pero ésta sólo acompañaba a Víctor, que iba riéndose y mostrando unos dientes muy bien cuidados. El veterano cepillo reanudó la charla en cuanto salieron los humanos:
- Primero: no esperes que te utilice hasta después de comer, y, segundo; sí, yo cepillo esos dientes perfectos al menos tres veces al día.
Ella pensó que era imposible que aquel cepillo de gama baja estuviera tan deteriorado por una higiene dental tan exhaustiva como la de su dueño. Recordaba que su fabricante recomendaba cambiar de cepillo cada tres meses. Entonces le preguntó su edad y él contestó orgulloso:
- Ocho meses.
- ¡Así estás! Replicó divertida. Luego se ruborizó y al ver la sorpresa
en las cerdas de su compañero rompió a reír contagiándole. Pero éste cambió el gesto y preguntó:
- ¿De verdad piensas que hace tiempo que no sirvo para nada?
Absorta en sus pensamientos, a la joven no le dio tiempo de saborear el momento en que Silvia la tomó del vaso para cepillarse los dientes. A la desesperada intentó llevar a la práctica sus conocimientos, pero cuando se quiso dar cuenta, Silvia ya la había devuelto al vaso, donde el viejo la esperaba con una mueca de satisfacción. Pero trató de consolarla:
- Mi primera vez fue genial. Quizás porque no la esperaba.
- ¿Cómo que no la esperabas? Se supone que tenemos una función.
- Mira, a mí me fabricaron, me metieron en una caja, me llevaron a un comercio, me pusieron en un expositor y Víctor me compró.
- ¿Y no te formaron?
- Pues no, lo que sé lo he aprendido con la práctica. Y te aseguro que si tu dueño no lo hace como debe, de nada sirve que hayas hecho un master en cepillado dental. Los humanos son los que deberían ser formados.
La joven e inexperta cepillo no entendía nada. De qué le servía su formación. A partir de ese momento se sintió insignificante y pensó en lo corta que le parecía ahora su existencia. Tan solo tres meses. En cambio su compañero, al que empezaba a respetar, aun sabiendo que podía ser sustituido en cualquier momento, rebosaba vitalidad por toda su gastada anatomía.
El viejo cepillo pensó que era buen momento para hacer las presentaciones:
- Oye, llevamos un buen rato conviviendo y no sé tu nombre. Yo soy Bruce.
- Es verdad. Yo me llamo Tiffany. Perdona que haya sido tan estúpida. En la fábrica nos lo ponen todo muy bonito a los de gama alta, pero por lo visto la vida real es otra cosa muy distinta
- Piensa que el fabricante lo único que busca es incrementar sus ingresos, y vendiendo siempre el mismo producto no lo conseguirían. De ahí tu diseño llamativo y ergonómico. Pero en realidad es solo eso, diseño. Al final los dos servimos para lo mismo, y para llegar a lugares inaccesibles, como dijiste antes a propósito de la disposición de tus cerdas, ya existe el hilo dental.
- Antes estaba de acuerdo en que nuestra esperanza de vida fuera de tres meses como mucho, pero…
- No te comas la cabeza, Tiffany. Relájate y disfruta de tu servicio a la higiene humana.

Aquella noche ocurrió algo especial. Silvia y Víctor se cepillaron los dientes después de cenar y se prepararon para una velada romántica. Distribuyeron velas por todo el cuarto de baño, llenaron la bañera de agua y sales perfumadas y pusieron una música sensual y relajante. Bruce y Tiffany se deslizaron por la superficie curvada del vaso hasta encontrarse, y unidos por la humedad de sus cuerpos se contagiaron por la atmósfera creada. En ese momento Tiffany supo cómo afrontar su corta existencia y excitada por el efecto refrescante de la pasta de dientes bendijo la suerte de haber ido a parar a aquel vaso junto a ese viejo cepillo de dientes.

jueves, diciembre 25, 2008

Cupido

“En Inglaterra el pueblo les atribuye a los elfos las flechitas de sílex, que la ansiedad de los antropólogos prefiere adjudicar al hombre de las cavernas, ente que muy pocas personas han visto: cosa que no sucede con los elfos, que hasta los borrachos conocen por haber frecuentado”

Jorge Luis Borges




El blanco impoluto del vestido contrastaba con mi piel oscura y rugosa, los detalles dorados hacían ofensiva mi fealdad y a pesar de ir armado con un arco y una flecha de sílex no pude defenderme de la explosión de risa en que se convirtió el interior del roble cuando entré en la fiesta.
- ¡Parece un gnomo albino!, Acertó a decir alguien prolongando el cachondeo un rato más.
La única que no participó en la mofa fue Siuxi. También iba completamente de blanco, con un vestido de gasa, vaporoso y hecho jirones. Es casi más negra que yo y el contraste era especialmente siniestro. Cuando la gente se empezó a olvidar de mi aspecto, Siuxi tomó dos vasos de brebaje, me alcanzó uno y le dije:
- ¿Esperabas turno para reírte de mí? Gracias de antemano por hacerlo discretamente.
- Me gusta tu disfraz, ¿sabes de qué vas vestido?
- ¿De elfo inglés?, dije nada convencido.
- Es una versión élfica de un dios humano, una especie de dios del amor.
- Eres rara de cojones, Siuxi.
- Vas disfrazado de Cupido, dios del amor en la mitología romana, creador de amores y pasiones entre los humanos. Los grabados que hay en la corteza de algunos árboles, esa especie de hoja de nandumbu atravesada por una flecha, tiene algo que ver con todo esto: La hoja representa al corazón de los humanos y la flecha, atravesándolo, el enamoramiento.
- Das miedo, tanta mitología dentro de la mitología me pone los pelos de punta. Continúa.
Fuimos a por otro trago y salimos del roble. Su sabiduría, su amabilidad y mi poco aguante con el alcohol me llevó en volandas tras ella, cuyo atractivo empezaba a parecerme cada vez más evidente: el vello de sus pies apartaba las hojas, sin dejar que rozaran su piel, con una gracia irresistible. No conseguimos alejarnos mucho porque cada poco volvíamos a por otro vaso de brebaje.
Su charla sobre mitología humana se mezclaba en mi cerebro con unas ganas locas de poseerla, pero mi primer acercamiento se vio frustrado porque sin darme cuenta llevaba la flechita del disfraz clavada en el trasero. Ahora Siuxi no tuvo reparos en reírse y tentado estuve de abalanzarme sobre ella cuando se dejó caer panza arriba debilitada por la gracia que le hacía la situación.
De repente un ruido sordo cortó su risa (por fin) y un rostro gigantesco asomó entre los árboles. Después, una mano no menos abominable intentó apresarnos. Su aspecto era parecido al nuestro aunque con menos vello visible y rasgos menos afilados. Lo más parecido a nosotros era su aliento. Tomé a Siuxi del brazo y corrimos a escondernos. Ella quedó tan fascinada con la aparición que casi tuve que llevarla a rastras. Detrás de un árbol vimos cómo el ser gigantesco resoplaba, se desplomaba en el suelo y empezaba a roncar.
A salvo en el roble, mezclados en el alboroto de la fiesta, nos servimos otro vaso de brebaje. Al ir a sentarme y sentir el pinchazo de la flecha en mis posaderas Siuxi despertó del éxtasis reanudando su risa y yo me concentré en la idea de seducirla. Ya no volvimos a hablar del asunto del gigante.

martes, diciembre 16, 2008

Santa Claus revisando albaranes

Queridos Reyes Magos:

No recuerdo la última vez que os escribí una carta, ni si hubo alguna antes si quiera, pero este año necesito hacerlo. Tenéis que saber que me mola más lo del amigo invisible, que es más económico, más adulto y más creíble. Por un lado me da igual dejaros tirados, pero tampoco me alegro. La sensación es la misma que cuando pierde el Madrid: primero me alegro, me hace gracia, pero luego me da palo por mis amigos madridistas. La verdad es que no perdono haberme enterado a través de mis padres; no soporto que no tuvierais el valor de decírmelo vosotros mismos, Sus Orientales Majestades. También es verdad que mis padres tuvieron poca delicadeza, les pasasteis un marrón muy gordo. Si al menos hubierais estado cuando nos lo dijeron. Fue en Las Palmas. Nos compraron un cochecito a pilas que cambiaba de dirección al dar una palmada y dijeron: "Hala, ya está, los reyes son los padres". Mi hermano y yo miramos alternativamente al juguete y a ellos durante unos segundos y nos pusimos a jugar sin darle más importancia. Pero que sepáis que los 19 años es una edad muy difícil para recibir información sin un mínimo de tacto. ¿Qué os costaba supervisar la operación? Obviamente lo del Ratoncito Pérez y Santa Claus dejó de existir en ese mismo instante.

Pero no quiero que el tono de esta carta sea tan amargo, al menos voy a sacudir también a Santa Claus. Cuando éramos pequeños jugábamos a pedirnos los anuncios de la tele. Una vez, después de unos cuantos cortes publicitarios temí que Santa Claus me leyese el cerebro. Cuando me tocaba elegir un anuncio y de repente era el de un perfume de mujer, me acojonaba que Santa recibiese la información y me trajese el perfume. Me pasaba las noches en vela. Me obsesioné tanto que la mañana del 25 de diciembre, cuando descubrí tras el envoltorio un Airgamboy, la gasolinera de Playmobil o un balón, me desilusioné muchísimo: Me había hecho a la idea de recibir el perfume de mujer. Por lo tanto mi experiencia con Papá Noel fue un desastre. Y ahora me hace gracia cuando hacen películas sobre él y aparece como una celebridad, como alguien importante. Vamos a ver, ¿por qué le ponen siempre como si fuera el jefe de algo, como un explotador de elfos? Esas criaturitas curran como enanos (elfos) en un almacén de un polígono industrial de Laponia, que tiene que hacer un frío que te cagas allí dentro, es verdad, y lo mismo Santa viaja porque tiene más antigüedad, no lo se, pero de ahí a creer que es el jefe... ¿De verdad pensáis que ese gordo es el mandamás, que tiene la oficina en la parte de arriba de la nave? Yo no lo creo. ¡ES UN PUTO REPARTIDOR! Y si lo es ¿quién archiva los albaranes allí arriba? ¿Quién gestiona las entregas? ¿Dios? ¿A qué edad se entera uno de que Dios son los padres?

viernes, octubre 31, 2008

Libre

Me despertaron los descontrolados, y os aseguro que sinceros gemidos que Sharon emitió al otro lado de la pared, por no hablar de los rítmicos golpes de la cabecera de la cama, que desplazaron la mía hasta el centro de la habitación. Esto me proporcionó el más vigoroso de los priapismos. Así que, empecé el día liberando tensión y con una estúpida sonrisa dividiendo mi cara en dos. Al otro lado de mi habitación Enrique tarareaba algo alegre a dos voces. ¿Cómo lo hará? Este tío no es un loco, es un genio.
En el comedor reinaba el murmullo habitual. Tomé una bandeja, recibí mi nauseabundo aunque nutritivo desayuno y me senté en una mesa desocupada. Al momento aparecieron Sharon y Raimundo resplandecientes. Tomaron su alimento y vinieron a mi mesa. Señalando las dos sillas frente a mí dijeron:
-¿Están libres?
Entonces se me iluminó el rostro y, satisfecho contesté:
-Amigo, soy libre.

domingo, octubre 26, 2008

Componiendo La Huida II

La noche que decidí fugarme era la libre de Gladys. Graham no había vuelto a dar señales de vida. Cabía la posibilidad de que le hubieran encontrado dormido en el almacén o que Gladys hubiera informado sobre su locura, por lo que le habrían sancionado como mínimo. Poniéndome en lo peor, no estaba dispuesto a esperar a que apareciese otra vez por mi cuarto, así que, fui a buscar al 609. El simple hecho de pensar dónde ir fuera de aquí me producía dolor de cabeza. Estaba seguro de que en mi antiguo trabajo no se acordarían de mí, además, dudo que me volviesen a contratar. Es difícil reinsertarse en la sociedad cuando has estado un tiempo fuera de ella por algo que ha puesto en peligro tu vida y la de los demás.
Como había imaginado fue muy fácil salir, pero cuando me paré frente a la puerta principal no ví motivos para abandonar el edificio. Pensaba en las palabras de Raimundo y en lo indefenso que me sentiría fuera de aquí. En el centro psiquiátrico era un loco más, y cada una de nuestras excentricidades tenían cabida y, aunque pensaba que fuera no había ni una persona cuerda, lo que me tenía allí encerrado era el no ajustarme a unas normas que realmente nadie aceptaba, pero todos acataban. 609 tarareó una música que me entristeció. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan triste. Pensaba que seguramente me estaría perdiendo un sin fin de aventuras mientras siguiese allí abajo. Ni siquiera esperé a que alguien me atrapase, y dudo que ocurriera, porque los pocos que pasaban a mi lado no reparaban en mi presencia, ni en la de 609, que no dejó su musical gorgoteo en ningún momento. A la hora y media, viendo que nadie me hacía caso, volví a la sexta planta donde saludé a los celadores. Ninguno de ellos era Graham y a ninguno le pareció mal nuestra excursión. Así que, entré en mi habitación y sacié mi sed de aventuras con un sueño reparador.

martes, octubre 21, 2008

Raimundo ingresa en mi ex

Aquella mañana me encontré a Raimundo desayunando y me senté en la misma mesa, delante de él.
-¿Te importa que me siente aquí?
-Adelante.
-¿Qué es esa basura que comes?
-Lo mismo que vas a desayunar tú.
Dando por concluidos los saludos iniciales, continué por donde quería llevar la conversación.
-Me alegra que podamos hablar a solas. ¿Va a venir Sharon?
-Sí, no creo que tarde. Además, le va a interesar el tema, ¿no?
-No se. Lo vuestro lo tengo asumido y, aunque me sigue produciendo cierta
desazón escucharos cada noche fornicar como animales, me alegro de que mi ex
novia parezca rehabilitada y de que haya rehecho su vida con un
amigo.
-Sinceramente no puedo creer que siguas enamorado de ella. Por Dios, Murray,
que te ha intentado matar un par de veces, que si no llega a ser por el pobre
Wuan estarías muerto.
-Joder, me siento culpable de que esté aquí dentro.
-La diferencia es que lo tuyo fue un accidente y esto dos atentados. ¿Lo
entiendes?
Raimundo no entendía el motivo de mi desazón y continuó intentando sacarme de mi ansiedad.
-Realmente, es ahora cuando pienso que no estás bien de la cabeza. Al principio
me parecía injusto que te hubieran traído aquí, pero creo que este es tu sitio tanto
como el nuestro. Y Sharon simplemente perdió la cabeza, como podía haberse
estado lamentando de vuestra dramática ruptura hasta rehacer su vida, pero si
está aquí es porque está tan loca como los demás, y ha llegado ahora por estos
incidentes, como podía haber perdido la cordura tarde o temprano por cualquier
razón.
-Joder, qué fácil se ve así.
-¿Verdad?
-Siento haber desconfiado de ti.
-No tenemos porque alejarnos el uno del otro, y esto nos viene bien a los tres:
Sharon está más centrada, en una sola cosa, pero está centrada; tú puedes estar
más tranquilo, menos amenazado; y yo he encontrado la forma de controlar un
poco mi poder mental y me lo estoy pasando de lujo con la moza. Y me consta
que ella también conmigo.
-¿Amigos?
-Claro.
-¿Te vas a comer esa inmundicia?
-Sí.

Sharon no tardó en aparecer. Su rehabilitación no incluía el cuidado del aspecto físico, e hizo acto de presencia completamente despeinada, con una camiseta de superman y con unos calzoncillos de su amante. Por un momento temí lo peor e imaginé que Raimundo llevaría las bragas de Sharon. Asomé la cabeza por debajo de la mesa y comprobé que me equivocaba. No llevaba puestas las bragas de Sharon, no llevaba nada puesto. El miembro viril apoyaba su cabeza exhausta sobre la silla, aunque había tenido la deferencia de colocar una servilleta sobre ésta para evitar la vergonzosa condensación, amén de otras humedades que produciría su entrepierna. De repente, como si mi indiscreción hubiese despertado a su pene, comenzó a desperezarse y a erguirse cruzando nuestras miradas y desafiándome en una demostración de fuerza que me ofendió. Incluso levantó otra servilleta que reposaba sobre uno de sus muslos hasta encontrar la parte de debajo de la mesa y atraparla entre esta y su cabeza. Sharon estaba besando dulcemente a Raimundo y de ahí su excitación. Además no llevaba sostén y sus pechos, que con el latir de su corazón ante la caricia de los labios de Rai, saltaban rítmicamente debajo de su camiseta creando lógica inquietud en el comedor. Yo estaba ocupado con mi inquietud y no sufrí los efectos de los pechos de Sharon, que Dios mantenga firmes por mucho tiempo.